Por Doña Emilia Pardo Bazán[{45-1}]
Sebastián Becerro dejó su aldea á la edad de diez y siete años, y embarcó con rumbo á Buenos Aires, provisto, mediante varias oncejas ahorradas por su tío el cura, de un recio paraguas, un fuerte chaquetón, el pasaje, el pasaporte y el certificado falso de hallarse libre de quintas—que, con arreglo á tarifa, le facilitaron donde suelen facilitarse tales documentos.
Ya en la travesía, le salieron á Sebastián amigos y valedores. Llegado á la capital de la República Argentina, diríase que un misterioso talismán—acaso la higa de azabache que traía al cuello desde niño[{45-2}]—se encargaba de removerle obstáculos. Admitido en poderosa casa de comercio, subió desde la plaza más ínfima á la más alta, siendo primero el hombre de confianza, luego el socio, por último el amo. El rápido encumbramiento se explicaría—aunque no se justificase—por las condiciones de hormiga de nuestro Becerro, hombre capaz de extraer un billete de Banco de un guardacantón. Tan vigorosa adquisividad—unida á una probidad de autómata y á una laboriosidad más propia de máquinas que de seres humanos—daría por sí sola la clave de la estupenda suerte de Becerro, si no supiésemos que toda planta muere si no encuentra atmósfera propicia. Las circunstancias ayudaron á Becerro, y él ayudó á las circunstancias.
Desde el primer día vivió sujeto á la monástica abstinencia del que[{46-1}] concentra su energía en un fin esencial. Joven y robusto ni volvió la cabeza para oir la melodía de las sirenas posadas en el escollo.[{46-2}] Lenta y dura compresión atrofió al parecer sus sentidos y sentimientos. No tuvo sueños ni ilusiones; en cambio tenía una esperanza.
¿Quién no la adivina? Como todos los de su raza, Sebastián quería volver á su nativo terruño, fincar en él y deberle el descanso de sus huesos. Á los veintidós años[{46-3}] de emigración, de terco trabajo, de regularidad maniática, de vida de topo en la topinera, el que había salido de su aldea pobre, mozo, rubio como las barbas del maíz y fresco lo mismo que la planta del berro en el regato, volvía opulento, cuarentón, con la testa entrecana y el rostro marchito.
Fué la travesía—como al emigrar—plácida y hermosa, y al murmullo de las olas del Atlántico, Sebastián, libre por vez primera de la diaria esclavitud del trabajo, sintió que se despertaban en él extraños anhelos, aspiraciones nuevas, vivas, en que reclamaba su parte alícuota la imaginación. Y á la vez, viéndose rico, no viejo, dueño de sí, caminando hacia la tierra, dió en una cavilación rara, que le fatigaba mucho: y fué que se empeñó en que la Providencia, el poder sobrenatural que rige el mundo, y que hasta entonces tanto había protegido á Sebastián Becerro, estaba cansado de protegerle, y le iba á zorregar disciplinazo firme, con las de[{46-4}] alambre: que el barco embarrancaría á la vista del puerto, ó que él, Sebastián, se ahogaría al pie del muelle, ó que cogería un tabardillo pintado, ó una pulmonía doble.
De estas aprensiones suele padecer el que se acerca á la dicha esperada largo tiempo. Y con superstición análoga á la que obligó al tirano de Samos[{47-1}] á echar al mar la rica esmeralda de su anillo, Sebastián, deseoso de ofrecer expiatorio holocausto, ideó ser la víctima, y reprimiendo antojos que le asaltaron al fresco aletear de la brisa marina y al murmullo musical del oleaje, si había de prometer al Destino construir una capilla, un asilo, un manicomio, hizo otro voto más original, de superior abnegación: casarse sin remedio con la soltera más fea de su lugar. Solemnizado interiormente el voto, Sebastián recobró la paz del alma, y acabó su viaje sin tropiezo.
Cuando llegó á la aldea, poníase el sol entre celajes de oro; la campiña estaba muda, solitaria é impregnada de suavísima tristeza; todo lo cual es parte á sacar chispas de poesía de la corteza de un alcornoque, y no sé si pudo sacar alguna del alma de Sebastián. Lo cierto es que en el recodo del verde sendero encontró una fuente donde mil veces había bebido siendo rapaz, y junto á la fuente una moza como unas flores, alta, blanca, rubia, risueña; que el caminante le pidió agua, y la moza, aplicando el jarro al caño de la fuente, y sosteniéndolo después, con bíblica gracia, sobre el brazo desnudo y redondo, lo inclinó hasta la boca de Sebastián, encendiéndole el pecho con un sorbo de agua fría, una sonrisa deliciosa y una frase pronunciada con humildad y cariño: «Beba, señor, y que le sirva de salú.»[{47-2}]
Siguió su camino el indiano, y á pocos pasos se le escapó un suspiro, tal vez el primero que no le arrancaba el cansancio físico; pero al llegar al pueblo recordó la promesa, y se propuso buscar sin dilación á su feróstica prometida y casarse con ella, así fuese el coco. Y, en efecto, al día siguiente, domingo, fué á misa mayor y pasó revista de getas, que las había[{48-1}] muy negruzcas y muy dificultosas, tardando poco en divisar, bajo la orla abigarrada de un pañuelo amarillo, la carátula japonesa más horrible, los ojos más bizcos, la nariz más roma, la boca más bestial, la tez más curtida y la pelambrera más cerril que vieron los siglos; todo acompañado de unas manos y pies como paletas de lavar y de una gentil corcova.
Sebastián no dudó ni un instante que la monstruosa aldeana fuese soltera, solterísima, y no digo solterona, porque la suma fealdad, como la suma belleza, no permite el cálculo de edades. Cuando le dijeron que el espantajo estaba á merecer, no se sorprendió poco ni mucho, y vió en el caso lo contrario que Polícrates en el hallazgo de su esmeralda al abrir el vientre de un pez: vió el perdón del Destino, pero... con sanción penal: con la fea de veras, la fea expiatoria. «Esta fea—pensó—se ha fabricado para mí expresamente, y si no cargo con ella, habré de arruinarme ó morir.»