—Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir[{43-3}] delante del jefe de los migueletes, y señalando á Manuel, dijo:
—Mi Comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
—¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón...!—gritaron muchas voces.
—No me cabe duda... (decía entretanto el Comandante, leyendo las señas que le había dado el Capitán general.)—¡Á fe que hemos estado torpes!—Pero ¿á quién se le hubiera ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que iban á prenderlo?
—¡Necio de mí! (exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido): ¡es el único hombre á quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
Á la semana siguiente ahorcaron á Parrón.
Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano...
Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar á todos los que llegaban á conocerle...—Significa tan sólo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana;—doctrina que, á mi juicio, no puede ser más ortodoxa.