Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó á correr hacia la calle de San Jerónimo.

Manuel se echó la carabina á la cara y apuntó al gitano...

Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.

—¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio!—exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.

Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban á aquel hombre, que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo á preguntas, reconvenciones y dicterios, que no le arrancaron contestación alguna.

Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr después de haber sonado aquel tiro,[{43-1}] lo tomaron por un malhechor.

—¡Llevadme á la Capitanía general! (decía el gitano.) ¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!

—¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto![{43-2}] (le respondieron sus aprehensores.)—¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!

—Pues lo mismo me da... (respondió Heredia)—Pero tengan Vds. cuidado de que no me mate Parrón...

—¿Cómo Parrón?... ¿Qué dice este hombre?