Una mañana estaba Varmen en el patio, lavando en una media tinaja empotrada en un poyo adherente al pozo: á su lado estaban jugando sus hermanas y los hijos del manijero. Varmen no prestaba atención ni á sus juegos ni á lo que decían: en cuanto á nosotros, no podemos pasar cerca de un grupo de niños sin detenernos para observarlos. En ellos se encuentra la gracia sin afectación ni pretensiones, que sin buscarlo, halla el agrado; gracia inocente cual ellos, y por tanto llena de encanto y de simpatía.

—Mariquilla, dijo la niña del manijero,

Cuando baja, ríe; cuando sube, llora:
¿Á que[{83-1}] no me lo aciertas en una hora?

—Yo no sabo[{83-2}] contestó la interrogada, que era la menor y más mimada de las hermanas de Varmen.

—¡Qué tonta eres! Es el carrillo.[{83-3}]

—Chacha, dijo Mariquilla altamente ofendida, Josefita me dice tontona.

—Vamos, no reñir,[{83-4}] intervino Varmen; á cantar[{83-5}] como los pájaros, á ver si os crecen alas.

Las chiquillas no se hicieron de rogar,[{83-6}] y la una cantó:

En un cuerno de la luna
He puesto á mi corazón,
Para que no se lo lleve
Un gato que es muy ladrón.

—No dice[{83-7}] gato, que[{83-8}] dice niño, observó otra mayorcita.