—Gato, afirmó la cantadora; que los niños no son ladrones.
—¿Que no? Tu hermanito dichoso me robó á mí tres bellotas.
—¡Caramba con las chancillas! Tiene tu hermano la gracia, lo mismo que las avispas,—por detrás, y que duele.
—Y el tuyo es más feo que el Carlanco.[{84-1}]
—Yo sé el cuento del Carlanco, observó otra.
—¿Quién te lo contó?
—Mi abuela, que sabe más de mil.
—Anda, Catanilla, cuéntalo.
La interpelada estuvo muy dispuesta, y todas se pusieron á escucharla con gran atención; y nosotros con ellas.