—Pues sábete, ingrata, que en su vida[{90-3}] este á quien ofendes ha dejado hueco entre el agravio y la venganza; que eso en la sangre lo[{90-4}] tengo, y lo mamé con la leche que me crió.
—Y yo, con la buena enseñanza cristiana que he mamado, tengo en el alma este otro propósito: «Haz lo que debas y suceda lo que suceda.»
—¡Hola! ¡ya caigo! dijo con concentrada ira el guarda. El que te dirige es el cura. ¡Á ése, á ése, es al que[{90-5}] debo tus repulsas, que no he podido vencer; tus desdenes que no he podido desarmar, tu dureza que no he podido ablandar! ¡Pues él pagará por él y por ti! Mañana me voy; no volverás á verme; ¡pero por estas que me afeito, que te acordarás de mí mientras memoria tengas!
Diciendo esto, el guarda se alejó rápidamente y desapareció entre los olivos.
Á la mañana siguiente, vió entrar el cura en su casa á Varmen, la que deshecha en lágrimas le refirió lo que le había pasado.
—No te apures, hija, le dijo, cuando hubo concluido de hablar: ésos son espumarajos del coraje, que cae cuando la razón vuelve á adquirir su imperio.
—¡Padre, no le conocéis! repuso sollozando Varmen, es un desalmado. ¡No salgáis, por Dios, mañana; que os va á matar!
—Sosiégate, hija, que va mucho de hacer una amenaza á[{91-1}] cumplirla.
—Padre, repitió acongojada Varmen, no le conocéis; tiene echada el alma atrás,[{91-2}] y cumplirá la amenaza; ¡lo ha jurado!
—Pues, hija, repuso el cura, «Haga yo lo que deba, y haga Dios lo que quiera.»[{91-3}]