—Sosiégate, hija, y no temas, la contestó el cura. Todas esas son tretas de que se valen los hombres para perder á las inocentes como tú. «Obra bien... ¡Que Dios es Dios!»
Al tercer domingo, la pobre joven se mostró más afligida y atemorizada que nunca; la obstinación del guarda, su vehemencia y sus amenazas, la hacían temer una desgracia si le exasperaba más con sus negativas.
«Haz lo que debas y suceda lo que suceda.» Así terminó el cura los consejos paternales que le dió, para que siguiese impávida en la senda de la virtud.
Á los pocos días, habiendo salido Varmen al olivar para buscar una gallina que se había extraviado, se presentó de repente á su vista el guarda. Varmen, asustada, se volvió presurosa[{90-1}] dirigiéndose hacia la hacienda.
—¿Huyes? le dijo su perseguidor. ¡Huyes de mí, porque te acusa la conciencia!
—¿La conciencia? contestó Varmen. «Culpa no tiene quien hace lo que debe.»
—¿Tú te has parado á considerar, prosiguió el guarda, lo que es, y lo que puede resultar de exasperar á fuerza de desprecios á un hombre como yo? ¿Tú sabes de lo que[{90-2}] soy capaz? ¿Sabes que puedo perderte?
—«Obrar bien... ¡Que Dios es Dios!» contestó Varmen, con la calma propia en el momento de las grandes crisis.
—¡Varmen! por última vez... ¿me desechas?
—Sí, contestó Varmen con la palidez del pavor en el rostro, y la firmeza del buen propósito en el acento.