—Yo no desprecio á Vd.
—¡Pero no me quiere dar oídos!
—Eso no; ni pasarse, ni llegarse.[{88-3}]
—Si no es hoy, mañana será; ó he de poder poco.
—Señor, exclamó azorada y ofendida Varmen. No exprima Vd. tanto la naranja que amargue el zumo;[{88-4}] y déjese de andar tras de aquello que no ha de alcanzar.
—¡Á carrera larga nadie escapa!, repuso el guarda, cogiendo su escopeta y alejándose.
La pobre Varmen quedó atribulada; y al domingo siguiente, cuando fué al lugar, le contó al cura, que era su confesor, lo que le había pasado con el guarda, y tenía perturbado su ánimo, hasta entonces tan sereno.
El cura, sin tener un talento sobresaliente, ni una santidad que llamase la atención, era uno de esos sacerdotes, cuyo carácter, inclinaciones, estudios, educación, ocupaciones y hábitos los hacen perfectamente aptos para el desempeño de su ministerio. Con él[{88-5}] estaba hacía[{88-6}] muchos años tan identificado el cura, que unido esto[{88-7}] al conocimiento individual que tenía de cuantos componían su rebaño le hacían[{88-8}] un pastor modelo. Hemos dicho modelo, y no ideal, porque los ideales son escasos. Por esto se haría mal en no apreciar lo que es muy bueno, sólo porque no llega al apogeo ó ideal de la perfección, en vista de que esto sólo lo hallamos, en realidad, en la vida de los entes privilegiados que han merecido el dictado de Santos, y ficticiamente, en las creaciones de los poetas, que hacen bien en presentarlo para enaltecer á la humanidad, pero que harían mal si lo presentasen para desprestigiar y deprimir á aquello que no se eleva á tanto.
—No te inquietes, ni temas, le dijo el cura, pues no tienes por qué; que «Culpa no tiene quien hace lo que debe.» Y tú[{89-1}] lo que debes hacer, es no dar oídos á ese hombre.
Al domingo siguiente volvió á hablarle al cura, más asustada, más acongojada aún, y le dijo que el guarda la perseguía y hostigaba con su amor, de manera que no la dejaba vivir,[{89-2}] y hasta había llegado á amenazarla, si se mantenía en no darle oídos.