Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna excusa, añadió el P. Prior:

—Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.

Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua, el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.

Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar, que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el gobierno de Nuestra Señora del Valle.

La cuestión vinífera continuaba en el mismo lamentable estado. Aquellas anchas y profundas tazas del refectorio, marcadas piadosamente con las iniciales de la sacra familia, J. M. J., ya no encerraban generoso vino, consolador de penas y fatigas, sino una especie de aguachirle semejante al de los barreños que en las tabernas sirven para fregar los vasos. Escondidamente, pues no podía ser de otro modo, murmuraban de ello los frailes atribuyéndolo á tacañería más bien que á higiene, y trataban de elegir unos cuantos que en comisión representativa y á nombre de todos, manifestase el descontento de la comunidad al mismo P. Prior, suplicándole volviesen las cosas al antiguo ser y estado. Mas aunque aplaudían la idea de la manifestación, no encontrando otra mejor para el fin propuesto, ninguno quería echar el cascabel al gato; esto es, ninguno quería llevar la palabra ante el P. Prior, cuyas malas pulgas tenían presentes. Por último, acordáronse de un virtuoso anciano, muy querido de todos por su carácter angelical, y respetado de sus mismos superiores por ser el más antiguo y el más docto de los monjes, crónica viva y archivo ambulante de la historia, usos y tradiciones de la casa. Llamábase este bondadoso varón el P. Cándido; mas no lo era en tal punto que desconociese lo arduo y enojoso del encargo[{125-1}] que le daban. Por lo cual, exigió al aceptarlo, que habían de acompañarle á la celda prioral los seis individuos de la comisión: él llevaría la palabra, y los otros, si era necesario, apoyarían cuanto dijese. Convenido así, fijaron la entrevista para aquella misma tarde á la hora en que el P. Prior volviese de su acostumbrado paseo. No anduvieron desacertados en elegir tal oportunidad: ciertamente nunca el ánimo del hombre se halla tan propicio á conceder cualquiera favor, como después de haber comido bien y paseado por un campo delicioso, gozando y admirando á la puesta del sol las hermosas y melancólicas perspectivas de la naturaleza.

Aquel día, como los demás, salió el P. Prior á dar su vespertino paseo. Iba solo y pensativo, lo cual no extrañó á ninguno de los que le vieron salir, por la sencilla razón de que siempre iba lo mismo. Engolfado en sus cavilaciones, andaba ligero unas veces y otras se detenía de pronto, haciendo rayas y figuras en la tierra ó círculos en el aire, como mágico antiguo, con un palitroque ó báculo que en la mano llevaba. Así distraído se alejó algo más de lo acostumbrado, y al levantar los ojos vió cerca de sí un muchachuelo tendido sobre la hierba, cuidando de un escaso rebaño de cabras, y muy entretenido en tallar con la navajilla algunas labores en un palo. Por desechar fatigosos pensamientos, ó porque la cara viva y picaresca del muchacho le agradase, el P. Prior quiso darle conversación y se entabló el diálogo de esta manera:

—Hola, muchacho, ¿guardas cabras?

—No, señor, que son bueyes.

—¡Cómo bueyes! Si son cabras, y las estoy viendo.

—Pues, lo que su merced ve ¿para qué lo pregunta?