Mordióse los labios el fraile, y al cabo de un momento dijo al pastorcillo:

—Pareces muy despierto, y tal vez pudiera yo hacer algo por ti. ¿Cómo te llamas?

—¡Otra! ¿Pues, no pregunta cómo me llamo?... De ninguna manera. Los que me llaman son los que me necesitan.

—Tienes razón, niño, tienes razón. Y ese angosto sendero que penetra en el bosque ¿adónde va?

—Á ninguna parte, Padre, que se está muy quietecito. Los que andan por él son los que van y vienen. Ya tiene su merced bastante edad para saberlo.

—Oye, ¿qué debe hacerse con los pilluelos desvergonzados?

—Meterlos á frailes.

Aquí el Prior no fué dueño de contenerse, y con paso ligero se encaminó al muchacho, resuelto á plantarlo de un puntapié en la copa de un pino. Sólo que el pastorcillo era mucho más ágil, y cuando el fraile llegó adonde él estaba, ya en pocos brincos había puesto por medio cuarenta pasos y había desliado la honda de la cintura, y sin saber jota de la historia sagrada preparábase á repetir el lance de David contra el gigantazo de Goliat. Sobradamente lo conoció el religioso, y conoció también que no podría echar la uña á semejante diablejo, que impávido y ojo alerta le esperaba con la piedra calzada en la honda; por lo que descompuesto y colérico, gritóle en son de despedida.

—Adiós, hijo de un ladrón.

—Vaya su merced con Dios, Padre, respondió el angelito.