Excusado me parece ponderar el efecto que en un hombre de carácter enérgico y además acostumbrado al mando harían las insolencias de aquel rapazuelo montaraz y deslenguado. Alguna cosa hubiera dado por echarle encima los diez mandamientos; en cuyo caso, aunque luego se hubiese arrepentido, por el pronto lo estruja[{128-1}] como una breva. Afortunadamente para entrambos cuidó muy bien el muchacho de no ponerse á tiro, y silbando á su ganado, desapareció por el bosque.
—¡En mi vida me ha sucedido otra![{128-2}] murmuraba el Padre Prior, volviéndose á su convento. Ese tuno debe tener metida en su cuerpecillo toda entera una legión de diablos. Yo se los iría sacando con una vara de acebuche si lo pillara entre cuatro paredes, por muy agarrados que estuvieran.[{128-3}] ¡Atreverse conmigo, con un religioso! Pero... lo cierto es que á su edad hubiera yo apedreado al Preste Juan de las Indias. El mundo siempre es igual, porque... voto á...
Y lo soltó redondo con todas sus letras. Gracias á que por allí no había ningún par de orejas que pudiese oirlo, y así se excusó el escándalo. Entretenido con su monólogo acababa de tropezar en firme contra una piedra, y como llevaba el pie desnudo en flexible sandalia, se lastimó no poco los dedos y aun creyó ver estrellas por el aire, sin que hubiese anochecido todavía. Los soliloquios distraen y tienen estas contras. Cojeando y con la vista en el suelo y cara de vinagre llegó al monasterio, atravesó el espacioso patio y subió la ancha escalera. No contestó á los hermanos que al pasar le saludaban, y se encerró en su celda de golpe y porrazo. Abrió un libro devoto y lo volvió á cerrar sin haber leído cuatro renglones: empezó una carta, y apenas hubo puesto delante de sí el papel y mojado la pluma en el ancho canjilón de loza que le servía de tintero, desistió de su idea y comenzó á recorrer la celda agitado y nervioso, como tigre enjaulado. Mala cara tenía entonces: más bien qué superior de una orden monástica, parecía un facineroso. Y no era que le hubiese puesto así la desfachatez y osadía del pilluelo, ni algún otro especial motivo; sino que estaba de malísimo humor, porque lo estaba: sabe Dios el depósito de bilis que tendría[{129-1}] en el cuerpo.
Entre tanto, la comisión representativa que había concertado hablarle aquella tarde sobre el asunto del vino, iba subiendo lentamente la magnífica escalera, deteniéndose á cada cuatro ó cinco peldaños para conferenciar sobre el modo de abordar la cuestión á fin de que tuviese mejor éxito, y se oían cosas por el estilo:
—Conviene pasarle la mano por el lomo, adularle y á cada tres palabras llamarle Reverencia. Más alcanza un sombrero saludando, que seis espadas amenazando.[{129-2}] ¿He dicho bien?
—Sí, sin duda; pero no tan calvo que se le vean los sesos.[{129-3}] Entre correr y parar, hay un término medio, que es andar. Si todo se vuelve lametones y cortesías, no nos hará caso y quizá, quizá nos mande noramala. Es menester alguna firmeza, que vea cierto carácter, ¿eh? Vamos, ¿cómo va usted á entrarle, P. Cándido?
—Descuide, hermano, que yo le diré lo que me parezca justo y adecuado á la ocasión. Pero nuevamente advierto á ustedes que hemos de entrar todos en la celda prioral, como representantes de la comunidad que ahora somos, y que habéis de aprobar y apoyar lo que yo diga; pues de otro modo parecería la queja cosa particular mía, cuando no lo es, y sí[{129-4}] de la corporación entera.
—Pues eso ¿qué duda tiene, P. Cándido? Nosotros entraremos acompañándole, y á todo lo que diga, diremos amén, y aun le apoyaremos con las reflexiones que se nos ocurran.
—Entonces no hay más que hablar: en marcha y manos á la obra.
Acabaron de subir la escalera, cruzaron una extensa galería y se detuvieron cuchicheando ante la puerta del Padre Prior. Éste oyó el murmullo y desde adentro preguntó con voz tonante: