—¿Quién anda ahí? ¿Qué se ofrece?

Al solo eco de aquella voz terrible intimidáronse los frailes, y dos de ellos con ligero paso emprendieron la retirada. Frunció las cejas el P. Cándido, y aunque le disgustó aquella torpe fuga, llamó con los nudillos á la puerta diciendo en tono dulce y reposado:

—Alabado y bendito sea[{130-1}]...

—Por siempre, contestaron de adentro, y la puerta se abrió toda con ímpetu. Entonces vió el Prior al Padre Cándido y á otros cuatro religiosos que detrás de él como que[{130-2}] procuraban ocultarse. Y añadió:

—¿Qué hay ahora, P. Cándido? ¿No le tengo dicho que haga y deshaga en la biblioteca lo que estime conveniente? ¿Ó es que se ha propuesto freirme la sangre á puras consultas? ¿Y qué nueva pejiguera traen esos acompañantes que parecen estatuas?

Aunque parecían estatuas, no lo eran; pues se escabulleron como el humo otros dos, y sólo quedó una pareja detrás del P. Cándido, que respondió:

—Padre Prior, no vengo por asuntos de la biblioteca.

—¿No? Pues entonces ¿qué se le ofrece? Huéleme á impertinencia, y le advierto que... Pero, vamos, ¿se puede saber lo que hay?

—Si su Reverencia no me deja hablar, no lo sabrá nunca, respondió el P. Cándido con firmeza. Vengo en comisión con estos hermanos á nombre de la comunidad, para decir á su Reverencia que ese vinillo que ahora se nos pone...

—¡Dos mil demonios carguen con usted,[{131-1}] P. Cándido! El vinillo, el vinillo... clamaba el Prior, acompañando sus palabras con un puñetazo sobre la mesa, que retumbó como un trueno y ahuyentó á los dos últimos frailes que habían permanecido á la puerta. Y avanzando como energúmeno hacia el quejoso, preguntaba con voz ronca y descompuesta:—Vamos, ¡el vino! ¿Qué tiene el vino?