A ella, como la estoy a usted viendo ahora.
Rita
¿Y a él?
Julián
A él no le vi, pero le sentí aquí dentro, aquí. (Señalando el pecho.) Como si lo llevara sentado encima de los pulmones, quitándome el aire para respirar. Sí, señá Rita. ¡Con la Susana iba un hombre! No sé si guapo o feo, joven o viejo, tuerto o derecho, en fin; eso no lo sé. ¡Pero que no iba sola, eso sí que lo sé! Salí corriendo detrás del coche, atropellé una criatura, me ladró un perro, me quiso detener un guardia, hasta que, lleno de sudor y ciego de coraje, tropecé frente a San Martín, y me caí de bruces, que no sé cómo no me rompí las narices. Se ajuntó la gente, llegó el guardia, me preguntó por qué corría, le dije la verdad, toda la verdad, como la dicen los hombres de bien, y el guardia me creyó, y en lugar de llevarme a la prevención, hasta me dio un vaso de agua con aguardiente de la taberna de la esquina. ¡Sí, señá Rita! El guardia tuvo mejor corazón que la chulapa que me ha robado el mío, para llevárselo de paseo en coche y tirarlo por la ventanilla en medio del arroyo. ¡Ahora, dígame usted si tengo razón para quemarme y repudrirme, y para que este año sea soná la verbena de la Paloma! (Dice este final sollozando, y casi rompe a llorar. Después de una pausa, habla Rita.)
Rita
¡Julián!
Julián
¿Qué quiere usted? (Sin mirarla.)
Rita