XXVI

No esperéis que esa turba alborotada

infunda nueva sangre generosa

en las venas de Europa desmayada;

ni que termine su fatal jornada,

sobre el ara desierta y polvorosa

otro Dios levantando con su espada.

XXVII

No esperéis, no, que la confusa plebe,

como santo depósito en su pecho