Como esclava en mercado, ya aguardaba

La ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro

La pestilente fiebre respirando,

Infestó el aire, emponzoñó la vida;

La hambre enflaquecida

Tendió sus brazos lívidos, ahogando

Cuanto el contagio perdonó; tres veces

De Jano el templo abrimos,

Y a la trompa de Marte aliento dimos;