Y con duras amarras le encadena,

Como al antiguo Encélado, a una roca.

Pero otro don magnífico, sublime,

Más alto que el ingenio y la hermosura,

Debiste al Criador, vivaz destello

De su lumbre inmortal, alma ternura.

¿Cuándo, cuándo al gemido

Negó del infeliz oro tu mano,

Ayes tu corazón? El escondido

Volcán que decoroso