La calorosa sed de largo estío.

Y pues al fin te plugo,

Árbitro de la suerte soberano,

Que suelto el cuello de extranjero yugo

Erguiese al cielo el hombre americano,

Bendecida de ti se arraigue y medre

Su libertad; en el más hondo encierra

De los abismos la malvada guerra,

Y el miedo de la espada asoladora

Al suspicaz cultivador no arredre