Sin fijarme en ninguna;

Pues de místico bien siempre anhelante,

Clamaba en vano, como tierno infante

Quiere abrazar la luna.

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre,

Do osé mirar del sol la ardiente lumbre

Que fascinó mis ojos,

Cual hoja seca al raudo torbellino,

Cedo al poder del áspero destino...

¡Me entrego a sus antojos!