De necia vanidad, débiles plantas

Que el aquilón destruye?

En hora infausta a mi feliz reposo,

¿No dijiste, soberbio y orgulloso:

—Quién domará mi brío?

¡Con mi solo poder haré, si quiero,

Mudar de rumbo al céfiro ligero

Y arder al mármol frío!—

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!

Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano