Te advirtió tu locura!

Tú misma te forjaste la cadena,

Que a servidumbre eterna te condena,

Y a duelo y amargura.

Los lazos caprichosos que otros días

—Por pasatiempo— a tu placer tejías,

Fueron de seda y oro:

Los que hora rinden tu valor primero

Son eslabones de pesado acero,

Templados con tu lloro.