rinden tributo en el altar profano.

En tanto, de la fiesta a los rumores,

criaturas sin fin, herido el seno,

responden con el ¡ay! de sus dolores.

Mas el hombre de espíritu sereno

y de conciencia inquebrantable (roca

donde se estrella, sin mancharla, el cieno)

la horrible sien del ídolo destoca,

y con acento de anatema inflama

tal vez en noble ardor la turba loca.