—Amiga, este es un doncel que os servirá.

Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, de tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta, así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él, en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y fermosura suya, sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y ella, que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con otro, porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba.

Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí que ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:

—Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.

El Rey dijo:

—¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería? Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.

El Doncel del Mar le dijo:

—Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se esforzaría mi corazón para lo ser; e pues a la vuestra merced soy criado, complid en esto comigo lo que debéis.

El Rey dijo:

—Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a vuestra honra, e prométoos que lo faré.