E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella la espada y el anillo e la bola de cera, como lo hallara en l’arca donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras dueñas e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina dormía, era allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a su señora, y decía entre sí:
—¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora, y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán aquella gran locura en que al corazón han puesto.
E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:
—Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae donas e os quiere ver.
Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó, estremeciósele el corazón y dijo:
—Doncel del Mar, quedad, y entre la doncella y veremos las donas.
Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba Gandales, e dijo:
—Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así como aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, e ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.
Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:
—Esto quiero yo destas donas.