A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:
—Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?
—Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.
—Bien ha quince annos —dijo el Rey— que no la hobo.
E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:
—Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.
E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo en el arca metido, así como lo oístes.
Dijo él:
—No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, ni ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello me esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y ser tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde viene.
Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, y uno de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la Corte de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey Abíes de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de armas. Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó a su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de Gaula, y aquél se lo otorgó.