El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, por la gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser caballero de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese donde su señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:

—Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.

—E si la yo no otorgase —dijo ella—, ¿no iríades allá?

—No —dijo él—; porque este mi vencido corazón sin el favor de cuyo es, no podría ser sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.

Ella se rió con buen semblante e díjole:

—Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y ayudéis a aquella hermana de la Reina.

El Doncel le besó las manos e dijo:

—Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a mi voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.

—Yo faré en ello lo que pudiere —dijo ella—; mas menester será de lo decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su tío.

Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el ruego suyo e dellas. Mabilia, hija del rey y hermana de Agrajes, que muy animosa era e al Doncel amaba, dijo: