Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:
—Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí complir se puede.
El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:
—Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro marido me pide.
Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia e Olinda, la mujer de Agrajes, dijeron a sus esposos que también querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són. Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.
Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, primero se acercó Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada, que no tenía sentido.
Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron:
—Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella ganarán.
Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola, sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara, quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna, por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella ínsola, dijo entonces:
—Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho; e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo facen los hombres después que por Amadís acabada fué.