La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca pensó salir.
No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora están sin ella.”
El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.
CAPÍTULO CUARTO
PRIMALEÓN
El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.
Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le vió, le dijo:
—Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?
—La costumbre de la entrada os diré —dijo don Duardos—, y es que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.
Dicho esto, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y apartándose afuera, le dijo: