—Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se puede igualar con vos.
Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:
—Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.
—Mayor detenimiento —dijo Primaleón— sería querer responderte lo que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.
Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:
—A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.
Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:
—Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra y que os ponen la vida en tanto peligro.
Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante arremetió a él con la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que, quitándose afuera, le dijo:
—Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.