Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo consigo mesmo:
—Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado! Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?
Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:
—Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.
Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo, por el poco temor que los tenía.
CAPÍTULO QUINTO
EL TORNEO
Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero, creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó caballeros a todos los otros príncipes e infantes que en su corte se habían criado.
Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol, comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la fermosa Polinarda, dijo consigo mismo:
—Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí.