No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara, de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. Los demás caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía.
El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en que le pusiera; yendo con este deseo, puso en el mayor aprieto a los noveles, aunque éstos se defendían tan bien que el emperador tuvo en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros, y rompieron por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del príncipe Beroldo de España, que sin nengún acuerdo se tornaron a retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, salió al encuentro de un caballero de los otros, el más esforzado, que por ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. Entre tanto Platir y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera del campo. El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna.
CAPÍTULO SEXTO
EL CABALLERO DE LA FORTUNA
Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna.
Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros.
Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas —aunque en peor situación el del Salvaje— pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro.
El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese adonde estaba Flérida, diciendo:
—Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.
Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le dijo: