—Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra vida y de esotro caballero está.
El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas en tierra, le dijo:
—Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese caballero, pues tan bien la merece.
—Esa no quiero yo —dijo el del Salvaje— sino cuando por mí la ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, que soy suyo y se lo debo de obligación.
Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.
Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la aventura del Valle de la Perdición —que ya por los escuderos de los caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros—, y si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando.
CAPÍTULO SÉPTIMO
LOS ENEMIGOS HERMANOS
El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la fortaleza de Dramusiando. Anduvo así muchos días sin hallar aventura que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie diciendo:
—Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber.