El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión, diciendo:
—Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; pero si en la vida fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por ella o vengar a él.
—Señor, yo llego aquí —dijo don Rosirán— habrá media hora, y no sé más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando, donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin aquella tan peligrosa aventura.
El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura, túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán:
—Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me quitáis de una duda en que estoy.
—Aventúrase ya tan poco en esto —dijo él— que no quiero negar lo que sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en su poder el mismo nombre de Desierto.
El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma, viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.
El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o ver si las podía vengar.
—Yo —dijo don Rosirán— tórnome a Londres con estas sus armas, y amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras merecían en la vida.
—¿Sabríadesme decir —dijo el de la Fortuna— a qué parte está esta fortaleza donde todos acaban?