—No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe —dijo él.
Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje.
CAPÍTULO OCTAVO
LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS
Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino por espacio de más de cuarenta días (en uno de los cuales Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos un escudo invulnerable); al fin dellos, estando ya el gigante Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.
En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.
En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.
Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba ver; otro cautivo, viéndole dudar, dijo:
—Caballero, quien esto pide es don Duardos.