El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su natural.

—Ya yo creo —dijo don Duardos— que quien Dios hizo en el parecer tan diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera tan merecedor della.

El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: —Si mi muerte ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien empleada—; mas volviendo a su señora, decía: —Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria—. Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más venganza, que de lo hecho se contentase.

—Pues que mi intención era otra —respondió el de la Fortuna—, dejaré de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos podéis contar.

El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.

CAPÍTULO NOVENO

LAS FIESTAS DE LONDRES

Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque fueran sus prisioneros.

Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían; algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el suelo, le dijo:

—Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.