El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó consigo, derramando muchas lágrimas le dijo:
—Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este tiempo os negara ninguna cosa?
Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y abrazándole, dijo:
—Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también no lo fuese mío.
En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y tomándole en los brazos comenzó a decir:
—¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había de ser por vuestras manos?
—Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso —respondió él—, que las mías no son para tanto.
Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo:
—Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de don Duardos.
Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros mancebos.