De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, iban de vencida cuando en esto entraron por medio del torneo tres caballeros de parte del emperador de Constantinopla, armados de armas amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro, de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron a retraerse. Así quedó la victoria por los caballeros del emperador griego.

Aquella noche, después de un banquete, hobo sarao real en el aposento de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento, cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por habelle conocido, le besó las manos, diciendo:

—Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo.

El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con mucho amor, decía:

—Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.

—Señor —dijo Daliarte—, la razón que yo tengo para serviros es tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto, siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.

El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en Flérida, diciendo:

—Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo ajeno tenéis olvidado.

Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:

—¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo.