Daliarte le dijo:
—Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para creer lo que digo.
Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer, y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo, decía:
—Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.
Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su mandado hicieron su cortesía al emperador de Alemania y los demás caballeros principales como a personas que de nuevo conocían, puesto que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento, acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de su traje como de cosa no esperada.
Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros.