Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:
—Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?
—Así será como yo lo digo —dijo ella—, e la lanza os dó por algunas mercedes que de vos espero.
E dando de las espuelas al palafrén, se fué su vía.
La otra doncella quedó con él e dijo:
—Señor caballero, sabed como era Urganda la Desconocida quien la lanza os ha dado. E díjome que después que de vos se partiese, os lo hiciese saber, y que mucho vos ama.
—¡Ay, Dios! —dijo él—, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.
Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres días a un castillo, a sazón de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado ya el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y por más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba de sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que le atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse y el rey, abrazándolo, dijo:
—Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que hice.