El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el Rey dijo:
—Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más honra se debía facer.
E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; e encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.
Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir de Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él en la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, sin se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:
—Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno, que no creo que seáis hijo de Gandales; si al en ello sabéis, decídmelo.
El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines supiera; y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; y él falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza y escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de ninguno visto fuese, por ser aún de noche.
CAPÍTULO TERCERO
LA BOLA DE CERA
Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su escudero, por una floresta, en la cual, siendo ya tarde, vió venir una doncella en un palafrén, que traía una lanza, y otra doncella la acompañaba. Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la doncella de la lanza le dijo:
—Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día faréis con ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero salistes.