Cuando él esto oyó, dijo:

—¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?

La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo:

—Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.

Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal padre e madre.

La Reina le dijo:

—Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste?

—Señora, sí sé —dijo él— que al partir de la batalla me dió aquella doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí echado; en que dice llamarme Amadís.

Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que Darioleta por su mano escribiera, e dijo: