E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí, diciendo:

—Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.

Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:

—Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar, mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.

—Ay, amigo —dijo la Reina—; pues agora nos acorred con vuestra palabra en decir cúyo hijo sois.

—Así Dios me ayude —dijo él—, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar por gran aventura.

La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:

—¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?

Ella dijo llorando:

—Hijo, ves aquí tu padre e madre.