La Reina díjole:

—¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado!

Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el espada e aquel anillo.

—Por cierto —dijo el Rey— yo creo que este es nuestro hijo.

La Reina tendió las manos, diciendo:

—Así pluguiese al Señor del mundo.

—Agora vamos allá vos e yo —dijo el Rey— e preguntémosle de su hacienda.

Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la Reina:

—Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me dejistes.

—Ay, señor —dijo la Reina—, no le dejemos más dormir, que mi corazón se aqueja mucho.