—No es —dijo él.
—Pues es el anillo del mundo que más le parece —dijo la niña.
—Por esto está mejor —dijo el Doncel del Mar—, que en lugar del otro le daréis.
Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.
El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió, e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina había dado, y dijo a la niña:
—¿Cómo fué esto de este anillo?
Ella, que mucho le temía, dijo:
—Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que el vuestro era.
El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:
—Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo pagará.