—No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como vuestro e no como suyo.

—Así vos recebimos yo e todas las otras —dijo la Reina.

Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió un caballero que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él, abrazándolo con gran amor, le dijo:

—Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba, e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.

Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.

De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte.

No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto.

Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello.

Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño, y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la demanda o quedar por falso y traidor.

Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís y el Enano iba delante, e por el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano por le tajar la cabeza.