El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:

—Acorredme, señor, que me matan.

Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:

—¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? No pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.

—De vos lo amparar —dijo el caballero— me pesa; mas todavía conviene que la cabeza le taje.

—Antes habréis la batalla —dijo Amadís; e tomando sus armas, cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla de las espadas tan cruel e tan fuerte, que no había persona que la viese que dello no fuese espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca fasta allí hallaron quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.

Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís, llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.

—Sé —dijo ella—; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e mucho más de entrambos.

—Cierto, doncella —dijo el caballero—, no es ese buen deseo ni placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas decidme por qué los desamáis tanto.

—Eso vos diré —dijo la doncella—; aquel que tiene el escudo más sano es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien más desea la muerte, e ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate se llama Galaor, e matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e teníame otorgado un don, e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le viniese; e como conocí al otro caballero, que es el mejor del mundo, demandéle la cabeza de aquel enano. Así que, este Galaor que muy fuerte caballero es, por me la dar, y el otro por la defender, son llegados a la muerte, de que yo gran gloria e placer recibo.