—Señor —dijo la doncella—, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a Dios seáis encomendado.
—A Dios vayáis, doncella —dijo el Rey.
La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus caballeros. Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la Reina acoger a su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, los dos armados de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e bien fecho, e la cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según su edad. Este traía ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el Rey, e mostrárongelo; e decendió de su palafrén, e fincando los hinojos ante él, con el arqueta en sus manos, díjole:
—Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor promesa ha fecho, si la tenedes.
El Rey dijo:
—Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?
—A mí dijeron —dijo el caballero— que queríades mantener caballería en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.
Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan bien obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí, y el caballero le dijo:
—Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy saben labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.
—Si me Dios ayude —dijo el Rey—, yo lo tengo así.