—Pues comoquiera —dijo el caballero— que su obra e hermosura sea tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla he por cosa que será reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de perder.

La Reina, que delante estaba, dijo:

—Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella todo lo que el caballero pidiere.

—E vos, señora —dijo—, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí traigo.

—Sí —dijo ella—, muy de grado.

Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan sotilmente, que por maravilla lo miraban.

La Reina dijo:

—Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.

—Cierto, señora —dijo el caballero—; bien podéis creer sin falla que por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo, que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su marido ninguna congoja.

—Cierto —dijo la Reina—, si ello es verdad, no puede ser comprado por precio ninguno.