E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que dijera y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo:

—Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo sabrá fasta que te lo yo mande.

Él así lo otorgó. Díjole:

—Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te lo digo.

—Ay, señora —dijo Gandales—; ruégovos por Dios que me digáis donde vos fallaré para hablar con vos en su hacienda.

—Esto no sabrás tú por mí ni por otro —dijo ella.

—Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del mundo que más amáis.

—Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.

Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e dijo:

—¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que no tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me hallarían si yo no quisiese.