—Lo que yo haré —dijo el Caballero— será complir luego el primer don e quitarme dél.
Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo:
—Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré conocer por armas.
E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos, aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se había quitado del don.
El Caballero volvióse a Leonorina e dijo:
—Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?
—Sí —dijo ella—, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes; ¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro corazón?
Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:
—Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que sea más vuestro servicio.
Y ella dijo: