Queriendo descubrir aquel secreto, el Emperador llamó a la fermosa Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla, besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó hablando con sus hombres buenos.

Poco después volvió a entrar en el palacio aquella fermosa Leonorina con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de la Verde Espada, e díjole:

—Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué faréis.

Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:

—Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.

—Mucho me fecistes alegre —dijo ella— e mucho os lo agradezco, e quiérovos pedir tres dones.

E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:

—Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.

E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:

—Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas.